Hace un tiempo estaba teniendo una conversación acerca de cómo la vida
resulta ser mucho más difícil de lo que uno proyecta. A los 10 años, inocente
(engañado) tú, juraste que para cuando tengas 25, serías un exitoso millonario
soberano del mundo. Pero eso sí, cuando te preguntaban qué querías ser de
grande, respondías tierna e ilusamente: “bombero/policía/bailarina o
profesora”. Luego creces, y te ves a ti mismo debiendo 3000 soles de tu tarjeta
de crédito y pensando (seriamente) en prostituirte para pagar las deudas. Y así
es como uno va descubriendo con el paso de los años que nada, NADA resulta como
lo habías planeado, que tus sueños de ser millonario se empezaron a desvanecer
cuando triqueaste matemática I y te diste cuenta que tu único gran talento era
ganar Winning 11 (semejante vagazo). Y para las mujeres, la cosa no es muy
diferente. Nosotras jurábamos y perjurábamos que íbamos a ser regias, que la
celulitis y los rollos jamás adornarían nuestra futura escultural anatomía, que
conseguiríamos a un hombre churrazo y con plata y por supuesto, que viviríamos
en una mansión en Casuarinas. Qué linda y dulce es la infancia. Pero la triste
realidad es que no conseguimos más que un gordito grasiosón y un trabajo en el
que eres más explotado que mina Yanacocha. En otras palabras, TODOS pensábamos
cuando niños que cumpliríamos todos nuestros sueños y la vida sería fácil.
Claramente, no fue así… así que es en ese momento en el que recurrimos al plan B:
¡SOÑAR en ser millonario! Y entonces ya cambias la frase: “cuando yo sea
millonario…”, por “cuando me gane la Tinka…”. Y empiezas a jugar una y otra
vez, apostando por cuanto cumpleaños de familiar puedes pensar… Claro, porque
tú crees que el cumpleaños de tu mamá y de tu abuela es el número GANADOR (a-todos-nos-pasa)…
Pero tristemente Homero Cristalli nunca anunció tu declarada combinación del
triunfo (o del fracaso continuo).
Luego pasas esa etapa. Maduramente, decides que la única manera de alcanzar
el tan soñado éxito es trabajar duro por lo que quieres (¡felicitaciones! Esta
es una verdadera señal de que haz empezado a crecer). Así que no te queda de
otra que empezar a maquinar múltiples planes estratégicos para alcanzar aunque
sea la holgura económica. Y entonces empiezas a trabajar, todo va bien… lento
pero seguro… y así sigues trabajando… lento y ya no tan seguro… y sigues
trabajando… y así te das cuenta que ese
plan que tenías en la infancia se fue desvaneciendo en el proceso porque no
eres ni bombero, ni millonario… y la realidad, es que conforme pasa el tiempo te
descubres a ti mismo preso de la rutina. Ese es precisamente nuestro problema, ¡no
sabemos seguir nuestros sueños! La vida nos va envolviendo a todos en una misma
dirección y parece que hubiese una supuesta receta que todos debemos seguir
cual reos en cola… Estudiar, trabajar, casarnos, trabajar... Yo quiero levantar
mi voz de protesta ante esta injusticia que comete la sociedad con las
personas, la inercia en la que nos envuelve y nos obliga a abandonar nuestros
sueños! La verdad es que ese no es necesariamente el camino a la felicidad! Y la
verdad es que ser millonario tampoco lo es! Las personas deberíamos simplemente
ser libres, hacer siempre aquello que nos haga feliz! Yo decido que no quiero
trabajar para alguien, yo decido que la libertad es mi felicidad, ese es mi
sueño, ser dueña de mi tiempo, tomar desayuno tranquila con quienes quiero a
diario, tomar una siesta abrazada de ese alguien después de comer, y terminar
el día en paz porque las reglas me las puse yo misma… y seguiré jugando la
Tinka, porque nunca está de más complementar mi sueño, y aprenderé ballet
porque en mi libertad, decidí que yo puedo ser aquello que quise, quiero y
querré ser.