Empiezas una relación con #Wimbledon#, por ponerle un nombre a ese
susodicho que escogiste como tu nuevo “príncipe azul”, pero que sabes que de
príncipe no tiene nada, porque aceptémoslo, las probabilidades que tenga más de
perro-peruano que de príncipe son del 98%. Pero no importa porque el muchacho
es carismático, así que no interesa su pinta de Daddy Yankee, su cerquillo
rubio y su tatuaje de Sarita Colonia en el pecho. A tí, mujer de los gustos
autóctonos de vanguardia, te gusta. El porqué solo tú lo sabes, y eso es más
que suficiente y es que tú, mujer con personalidad, segura de sí misma (nos
queda claro) tomas su mano con orgullo y caminas con pecho inflado del galanazo
que llevas por “ornamento folklorico”. Pero entonces es aquí cuando una se
pregunta: “qué sucede con el amor y el buen juicio?”… Porque todo indicio indica
que la realidad es que el amor nubla cualquier vestigio de lucidez. El amor te vuelve
imbécil y no suficiente con eso… ¡te sumerge en un estado en el que desconoces todo
significado de vergüenza! Sí, tú mujer moderna, de pensamientos atrevidos, hija
de la era de la revelación femenina, no te quedas atrás... porque todas, TODAS,
arrochamos en algún momento. Y es aquí en donde rebatimos aquel pensamiento quimérico
que establece que “todo tiempo pasado fue mejor”... ¡ES MENTIRA! No te engañes, porque todas tenemos aquel ex (cochino)
enamorado cuyo recuerdo viene con el comentario adjunto de “en qué mierda
estaba pensando?!?” Sí! Aquel bailarín de Chulos
(se acuerdan?), con peinado de Gokú (luego de su transformación a Super Sayayín,
porque encima se tiñó de rubio), ese con el arete en la oreja y caminata de Tito
el Bambino, es y seguirá siendo, parte de TU PASADO! Pero en ese momento, no
tenías vergüenza. Aquel wachiturro visionario era, según tu limitada cordura, el
AMOR DE TU VIDA. ¿Nunca te pasó? No lo niegues. Si no fue folklórico, fue emo…
Pero la idiotez no viene solo con aquel insensato amor adolescente. La
idiotez te persigue hasta hoy. Y es que cuando estás frente al “hombre de tu
vida” (actual) por alguna razón no puedes hablar normal, ¡NO! Sin querer y
hasta por inercia, tu voz adopta una musicalidad parecida a la de un teletubbie
drogado. Jamás decirle por su nombre (eso es frío, indiferente y hasta
irrespetuoso), su nueva identidad es “peluchin”, “pollito”, “torito”, “gatito”,
“chanchito” (qué pasa con los nosotras y los nombres de animales?) Y
aceptémoslo, erradicamos desvergonzadamente todo rastro de masculinidad que le
queda al pobre individuo. Entonces, nos damos cuenta que ENCIMA somos
incoherentes porque las mujeres deseamos en lo más profundo de nuestro
subconsciente al macho que se respeta, full testosterona, solo bebe de la lata
y no canta afinado… ¡Pero igual le decimos “osito”! ;)
Y luego está el síndrome de la “pérdida de los sentidos”… Porque aparentemente,
no solo perdemos el sentido de la vista, sino también el sentido del olfato,
audición, gusto y demás. No podemos discutirlo. Alguna vez nos pasó que sus
flatulencias o eructos, nos dio RISA… su sudor después de la famosa pichanguita es “tierno”, y sus besos mañaneros
saben aparentemente a postre gourmet (porque iiigual te lo agarras buenazo, no
mientas). Pero no somos tan estúpidas. Somos conscientes que si presenciásemos
lo mismo en otro hombre, sería el equivalente a ver a Tongo en tanga… pero NO
con nuestro hombre… porque él es perfecto.
Dicen algunos que el enamoramiento es en realidad una enfermedad sumamente peligrosa,
pero quién soy yo para negarlo.